Editorial | Bojayá

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EDITORIAL | La Chiva de Urabá


Han pasado 17 años de la noticia que estremeció al Chocó, Colombia y se regó por el resto del mundo. La guerra entre la guerrilla de las Farc y los paramilitares había cobrado la vida de 119 personas, entre ellos 45 niños quienes buscaron refugio en la iglesia de Bojayá, el 2 de mayo del año 2002. Además, hubo 96 heridos y 6000 desplazados.

Desde entonces La Masacre de Bojayá pesa sobre el bloque Elmer Cárdenas de las Autodefensas Campesinas y de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia FARC.

Desde entonces el pueblo chocoano, famoso por la adversidad, ha venido elaborando el duelo. 17 años después, los sobrevivientes siguen con miedo a pesar de la esperanza que vislumbraron cuando las Autodefensas se desmovilizaron en el año 2006, o cuando las FARC dejaron los fusiles y se metieron a la política. Hoy hay otros actores empeñados en seguir llevando zozobra y ponen a rondar la muerte en cada una de sus veredas y centro poblado.

En Bojayá las cantadoras siguen contando lo qué pasó, lo qué esperan, el gemido continúa en sus voces y el miedo que le producen los nuevos actores violentos que se pasean por sus territorios, quisieran que su única reparación fuera vivir de verdad en paz, sembrando plátano y comiendo pescado.

Ese fue el mensaje que mandaron, cuando el 96 por ciento de sus habitantes votaron por el sí en el plebiscito que buscaba legitimar la firma del acuerdo de paz con el grupo guerrillero que correteando a paramilitares salieron masacrando con el estallido de un cilindro bomba a quienes decían defender.

Hoy se escuchan las voces de Bojayá clamando ante la imagen del Cristo mutilado, para que la gente de los centros urbanos entiendan del por qué ellos desde el Chocó profundo quieren vivir cantando, pescando, sembrando; con necesidades pero en paz.

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