Opinión | Un acuerdo irreversible

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OPINIÓN | JAIRO BANQUETT

Comunicador social periodista 

Todos los conflictos armados, especialmente los que tienen orígenes políticos, como el caso colombiano están terminando en acuerdos entre los rebeldes y la institucionalidad, aunque presenten problemas en la implementación, con disidencias, decepciones, y deserciones.

Hemos tenido muchos conflictos, y acuerdos de paz, desde el 20 de julio de 1810, hasta la independencia alcanzada con la Batalla de Boyacá el 7 de agosto de 1819, y las sucesivas guerras entre realista y federalistas, lo que terminó siendo el conflicto entre liberales y conservadores, acentuado a partir del 9 de abril de 1948 con el asesinato del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán.

Solo para contextualizar: Las chusmas liberales fueron la reacción a la muerte sembrada por la policía conservadora y los llamados “Pájaros” (paramilitares de a mediados del siglo 20), Y las guerrillas comunistas fueron las herederas de las guerrillas liberales y los fracasados procesos de paz con esos rebeldes.

Las llamadas autodefensas se alimentaron del abuso de las guerrillas hasta las desmovilizaciones de la del M-19 en 1989, con disidencias como el frente Jaime Bateman Cayon, el EPL en 1991, con disidencias de los denominados ‘Caraballistas’ la Corriente de Renovación Socialista en 1994, tuvo su propia disidencia, al igual que las Milicias Metropolitanas del Valle de Aburra y Las Milicias Populares que se desmovilizaron a mediados de los años 90s, y terminaron en enfrentamientos a muerte por el poder en el posconflicto.

De todos los procesos, el más duro para concretar fue el de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia FARC, con el Gobierno de Juan Manuel Santos con la mediación de la comunidad internacional, después de seis años de negociaciones.

Este proceso a diferencias de los anteriores, no tuvo amnistías ni indultos generalizados, ante los nuevos compromisos ante la justicia internacional que no lo acepta, por lo que pactaron la Justicia Especial para la Paz JEP, en donde los combatientes asumirán sus crímenes y pagarán una pena alternativa que no superara los 5 años, se comprometen a reparar a las víctimas y a no repetir la historia.

Pero era sabido que muchos de los combatientes y la institucionalidad fallarían, y mucho más en un proceso con la mitad del país político en contra, y la otra mitad indiferente, pero fue lo mejor para los colombianos.

Así apareció un gran escollo o una gran oportunidad, como se quiera ver el caso Santrich, con la consabida desobediencia hasta hoy de alias El Paisa e Iván Márquez. Culpable o inocente, extraditado o suicidado luego de este embrollo el proceso debe salir fortalecido pues quedarán los que son y por mucha disidencia que haya, de seguro que tendrán un futuro incierto, al menos como expresión política armada dejarán de tener apoyo internacional y aislamiento nacional.

O se plegan a futuras negociaciones con el ELN si les alcanza la vida, o terminarán prisioneros, asilados o sometidos. Así ha sido con las disidencias que han sucumbido por extracción de materia, por guerras internas, o emigraron del todo al negocio de las drogas.

El único camino posible para la reconciliación es dialogar y no disparar.

Ya los discursos de derechas y de izquierdas no deben confundirnos, ahora nos debe unir la salvación de las presentes y futuras generaciones, echar para adelante nuestro país, al menos yo creo que el acuerdo logrado es irreversible.

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